lunes, 8 de marzo de 2010

Dormía

Dormía tranquila, casi sin soñar, mientras el cielo no se decidía entre el azul profundo y el rosa tímido que comenzaba a asomarse. Dormía con las persianas abiertas, con la brisa que danzaba en las esquinas de mi habitación. Dormía despacio, pero desperté.
Y estaba ahí, el ejército de tus recuerdos se posaba en el balcón de maderas gastadas y húmedas. Estaba ahí, tu ejército de pájaros, cada uno: un recuerdo. Me miraban, me miraban profundo, punzantes. Llegaron para detener mis sueños, para recordarme que no olvide a los recuerdos. Lo que ellos no sabían era que por cada uno de ellos, yo dejaba escapar una lágrima amarga, que me cortaba la piel, que me apenaba el alma.
Quizás hubiese querido dispararles, disparar a tus recuerdos a quemarropa como si fuesen bandidos en las sombras, tratando de robarme los sueños, la tranquilidad de mi almohada y mis sábanas. Pero no pude elegir; sólo pude quedarme sentada en la cama, entre pestañas que llovían y manos que sudaban.
Ese amanecer no pude elegir echarlos a volar; no tuve el valor de alejarlos, de bajar las persianas para no verlos; preferí tenerlos ahí, lastimándome, pero tenerlos ahí; cerca, quietos, hirientes.
Después de muchos amaneceres, siestas y noches, levantaron vuelo y no volvieron. Yo me quedé sentada, esperando su regreso; pero esta vez no para llorar, sino para invitarlos a pasar. Para decirle a todos y cada uno de tus recuerdos que ya no me hiere tenerlos cerca, que ni siquiera me quitan el sueño; que ahora tengo el valor y las ganas de sobrevivir a ellos.

jueves, 28 de enero de 2010

Una noche

Quizás no tiene sentido, pero a veces –sólo a veces- le hablo a tu recuerdo. Un recuerdo aterciopelado, que suaviza la realidad. Un recuerdo inventado en las noches que se hacen eternas; un recuerdo que no se parece en nada a vos. Y quizás sólo por eso es que te recuerdo.
Y cuando pienso en eso que me inventé, las lágrimas no tardan en correr. Se apresuran y ruedan por las mejillas, como si temiesen quedarse encerradas entre los párpados, como si no se aguantasen entre ellas y necesitaran esparcirse por mi piel.
Ésta noche tu recuerdo llegó más tarde que de costumbre, y le habló a mis oídos de tus ojos, le contó también de tus manos y tu voz. Y tuve miedo. La música estaba muy fuerte y había tanta gente a mi alrededor, que tuve miedo; no de tu recuerdo, sino de las lágrimas. Temí que se escapen otra vez.
Tuve que esconderme del llanto, y por un momento deseé que estuvieses ahí, sonriendo, para decirte que no hables, que me abrigues o me abraces. También hubiese querido pedirte que retrocedas el tiempo, que borremos algunos momentos. Quizás te hubiese dicho muchas cosas, quizás te hubiese pedido tantas otras; pero seguramente hubiese querido que te quedes, por primera vez y para siempre.
Y después de haberme escapado de las lágrimas y hablar por horas con tu recuerdo, entendí que estaba recordando al hombre que nunca fuiste. La noche ya se había hecho pequeña y tuve que hacer silencio porque, sin querer (queriendo), estaba pidiendo cosas que no existen.

viernes, 15 de enero de 2010

Besos


Besos que desmiembran los primeros trozos de piel; que queman en los labios y bajan por el cuello, que se enredan con la nuca y se pelean con las clavículas que salen a defenderse.
Besos que no son más que eso.
Besos, que se desprenden desinteresados de tus labios, que su piel virgen los recibe con inocente ilusión, que no temen en seguir descendiendo aunque no conozcan el resto.
Besos que se retienen en los pechos de la amante, que su sabor vuelve imperceptible el tacto de las manos inquietas que no se cansan de buscar entre las piernas de la mujer que (sólo por hoy) se recuesta entre tus sábanas.
Besos que no son más que eso.
Besos, que se cansan de los pechos y vuelven a los labios, que quieren recorrerla una y otra vez; que se aburren de los labios y se mezclan con las costillas, que son insaciables y se pierden en su ombligo.
Besos de labios que quieren saborear el vientre que aguarda latente; pero que se ven obligados a abandonar el cuerpo porque la amante confundida (hoy) no tiene ganas de amar.

Besos que no podrán ser más que eso; besos.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Un Cristo


Tengo un hombre crucificado en el pecho; se incrusta por mi piel mientras sus labios me lamen la garganta y su mirada se me clava como cuchillos en la tráquea. Los brazos me aprietan las clavículas hasta verlas estallar; y las manos se sostienen de mis hombros que ya no aguantan el peso y se quieren desplomar como lo hicieron alguna vez mis pensamientos.
Las piernas se cruzan y los pies se atan a mi estómago reteniendo todas las palabras que quisiera vomitar. Su cuerpo me sangra por dentro, me envenena y me destiñe las entrañas. Sus palabras me viven, me acompañan hasta hartarme, hasta creer que ya no respiro si no lo tengo.
Y aunque duela, aunque marchite y enloquezca, aunque me haga vibrar y llorar con la misma intensidad no me lo puedo quitar, no lo quiero quitar.
Muchas tenemos un hombre crucificado en el medio del pecho que nos empuja o nos detiene, que nos asusta, nos corroe y nos miente; que –creemos- son otros huesos envueltos con nuestras propias pieles, pero que no son más que nuestros propios pensamientos masoquistas que, muchas veces, nos inventamos sólo para sentirnos cruelmente vivas.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Lugares

Hay lugares a los que, aunque se quiera, no se vuelve. No puedo volver a tu risa, ni a tus manos; ni siquiera puedo volver a tu mirada; sería quedarme estancada en el tiempo; perderme en los pasillos angostos de recuerdos que lastiman.
Hay lugares a los que debería estar prohibido volver, lugares como tus besos, que se encargan de disimular la fugacidad del tiempo pero que disfrutan dejarme tu sabor en los labios que, cuando te alejas, se vuelve amargo. Debería estar prohibido volver a tu recuerdo, esa porción de infierno que alguna vez, creí, fue cielo.
Hay otros lugares que hubiese preferido jamás conocer, y esa tierra de nadie que hubiese elegido nunca ver, –aunque me cueste reconocerlo- es tu cuerpo.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Hoy: gracias.

No supe darme cuenta, estaba encaprichada con una onírica realidad que sólo sabia lastimarme. Quizás no quise darme cuenta, las respuestas y las sonrisas estaban –incluso- antes de la vuelta de la esquina.
Pero hoy encontré una respuesta a tantas preguntas, una sola, ni siquiera son frases que se mezclan, es una sola palabra y sos vos. Hoy la lluvia me acercó a tus manos húmedas, mientras tu sonrisa empapada me desnudaba el corazón.
Hoy entendí que nuestros tiempos eran distintos y por eso nunca antes nos habíamos encontrado, aunque ya nos conocíamos. Y hoy te digo gracias, porque me salvaste de la cárcel de mi mente, en un pestañeo tus labios se encargaron de derrumbar el techo que tapaba el sol. Y entre palabras y silencios descubrí, quizás por hoy, que siempre te tuve dentro.

miércoles, 7 de octubre de 2009

La diferencia




Quisiera que me expliques qué es esto de despertarse sin siquiera haber estado dormida. Decíme cómo logro entender que por efímeros segundos tuve tu sabor y hoy ni siquiera tengo tus palabras.
Me marean los días, pero mucho más me desconciertan los silencios. Tuyos, míos. Porque este silencio inquietante no es más que la espera desesperada de una de tus palabras.
Tu distante presencia no es más que una amarga y crónica ausencia que se encarga de teñirme la mirada de gris, como si mis ojos fueran a desgranarse en una lluvia incesante de gotas dolorosas que viajan desde el rostro hasta el duro piso.
Anoche casi volví a caer, creo que hasta tuve ganas de forjar el destino y amasar con mis manos algún encuentro –cuasi- fortuito. Pero, sólo a veces, los momentos no se dejan amoldar para luego querer ser pisoteados.
El destino y el encuentro se me escurrieron por el bolsillo roto de algún saco viejo. De todos modos, seguí caminado mientras los relojes gritaban que era tarde, que la ciudad estaba desierta y el cielo amenazaba con llorar. Caminaba y me reía como si hubiese estado respirando dentro de tu boca y volví a sentir cosquillas en la panza, aunque había una gran diferencia: ayer no estabas. Y hoy tampoco.